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La misión

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La misión 360 450 Instituto Europeo de Salud y Bienestar Social

Apartir de la base filosófica del «poder terapéutico de la oración» nace la Misión, que extrae su fuerza espiritual del Oratorio de Lourdes de Madrid y alcanza su máximo esplendor en el Monasterio de Notre-Dame de Gaussan, en Francia. Desde allí desarrollará su labor misional en ayuda a los verdaderamente necesitados, con un espíritu solidario y unos sólidos principios basados en impregnar de fe católica a los desamparados. Para ello nos inspiraremos en san Francisco de Asís, quien recomendaba: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y, de repente, te encontrarás haciendo lo imposible».

En este contexto quiero narrar una experiencia personal. Hace diez meses Marco Mohenlohe recibió una llamada desde el cielo para que me buscara y se uniera a mí como alma gemela en la fundación de «La Misión», con un espíritu de ayuda a los pacientes más necesitados y a personas en situaciones extremas. Pusimos la primera piedra e hicimos juntos nuestras promesas en el Oratorio de Lourdes, en Madrid. Marco aporta toda su intuición celestial, su entusiasmo, y, de forma imparable, todas las noches me invade con sus toques llenos de ilusión. Yo, obviamente, asumo el desafío. Guiados por la providencia, iniciamos este nuevo camino que marcará un pequeño hito en la humanidad. Ya que, como decía Antonio Machado, «caminante, no hay camino, se hace camino al andar».

A partir de la base filosófica del «poder terapéutico de la oración» nace la Misión, que extrae su fuerza espiritual del Oratorio de Lourdes de Madrid y alcanza su máximo esplendor en el Monasterio de Notre-Dame de Gaussan, en Francia. Desde allí desarrollará su labor misional en ayuda a los verdaderamente necesitados, con un espíritu solidario y unos sólidos principios basados en impregnar de fe católica a los desamparados. Para ello nos inspiraremos en san Francisco de Asís, quien recomendaba: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y, de repente, te encontrarás haciendo lo imposible».

 

Hay evidencias de que «la Oración es el único poder en el mundo capaz de vencer las Leyes de la Naturaleza». Os confieso que llevo treinta años dialogando con Dios y a diario le pregunto por qué me ha colocado en situaciones tan adversas, a través de acantilados emocionales, hasta que un día descubrí los secretos de Su grandeza. En ese momento sientes cambiar tu vida y empiezas a viajar a la velocidad del sonido, sobrevolando el bien y el mal. Es maravilloso observar que, cuando las cosas no suceden a tu antojo, Dios te encauza por tu verdadero camino existencial de tal manera que todo lo insustancial llega a ser prescindible. Porque llegas a descubrir tus egoísmos, tu tonta vanidad, tus desatinos. En este sentido recuerdo las palabras de Teresa de Calcuta: «Da siempre lo mejor de ti y lo mejor vendrá».

Llegados a este punto, inicio el camino sagrado hasta alcanzar la cúspide de la razón. Esto sucede el 13 mayo de 2015, día de la Virgen de Fátima, cuando me convierto en el «fundador» de la Misión y adopto la siguiente fórmula ante la Virgen María, madre de Dios, en Francia, en el monasterio benedictino de Notre-Dame de Gaussan: «TOTUS TUUS EGO SUM, ET OMNIA MEA TUA SUNT. ACCIPIO TE IN MEA OMNIA. MIHI COR TUUM PRAEBE, MARIA» («yo soy todo para ti y todo lo que tengo es tuyo. Toma mi todo. ¡Oh, María, dame tu corazón!»).

En ese momento sentí una armoniosa unificación de cuerpo, mente y espíritu, que dio a mi frágil constitución humana una naturaleza invencible. Con mi «Oración» viví lo que Alexis Carrel llamaba «una emanación invisible del espíritu del hombre, que es la forma más poderosa que el hombre pueda generar» y empecé a comprender las palabras de Dostoievski: «El secreto de la existencia humana no consiste solo en vivir sino en saber para qué se vive».

Cuando estás con una persona con fe, observas que brilla una luz especial, porque un constante y silencioso milagro se opera, de hora en hora, en los corazones de esos hombres y mujeres. Ellos han descubierto que la Oración los provee de una corriente continua de poder que los sostiene en sus vidas cotidianas. No en vano, sostenía Gandhi: «Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo».

Hay muy pocas personas con sensibilidad especial para comprender que la verdadera devoción a la Virgen María, madre de Dios, es justamente cristocéntrica. Es más, está profundamente enraizada en el misterio trinitario de Dios y en los de la Encarnación y la Redención. Así se refleja en la gran obra La devoción verdadera a María, de san Luis Grignion de Montfort.

Recordemos que san Agustín no fue cristiano durante toda la vida. Se hizo converso, vivió muchas religiones y corrientes filosóficas antes de abrazar el cristianismo, donde encontró la paz. De hecho señaló que, en cuestiones religiosas, la razón llega hasta unos límites, porque «el cristianismo es un misterio divino al que solo podemos acercarnos a través de la fe». San Agustín insistía en que el ser humano es un ser espiritual, tiene un cuerpo material, que pertenece al mundo físico donde la polilla y el óride corroen, pero también un alma que puede reconocer a Dios.

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Si tomamos a san Agustín como paradigma de los conversos, y conocemos el camino que ha seguido Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina y converso reconocido por sus experiencias sobre milagros en Lourdes, podemos llegar a uno de los últimos conversos declarados públicamente. Me refiero a Raúl Castro, copresidente de Cuba y a quien el actual papa Francisco dio luz para convertirse a la fe católica. Estos hitos históricos son un buen referente para, en el marco de la Misión, organizar seminarios internacionales que aporten la gestión del conocimiento adecuado y resalten el valor de la fe católica ante las muchas personas que quieran convertirse y vivir firmemente sobre relatos bíblicos. Llegará el momento en que, como cristianos, sepan hablar y comunicarse directamente con Dios, mediante la Oración, y puedan recibir revelaciones personales, sabiduría e inteligencia adicional para entender los misterios divinos.

Asimismo, desde la Misión crearemos los instrumentos adecuados que permitan ayudar a los más necesitados, a pacientes con necesidades reales, jóvenes marginados por la droga y personas en situaciones de extrema necesidad. Los mejores escenarios de ayuda son aquellos en los que se suman esfuerzos de distintos estamentos que ya realizan una labor extraordinaria, como los arzobispados, las asociaciones religiosas o la Orden de Malta, por poner algunos ejemplos admirables de la verdadera esencia solidaria. En este momento, como punto de inflexión, recuerdo a Francis Collins, uno de los padres del Genoma Humano y amigo del alma, quien siempre afirma que «los milagros son una posibilidad real».

No obstante, en la Misión del siglo xxi se produce un cambio de paradigma y es la aparición del Misionero/a part time, es decir, personas que entregan su alma a la Virgen María, para ayudar a los demás sin dejar de desempeñarse en su vida terrenal, con sus actividades habituales que compatibilizan con un espíritu humanitario. Debo aquí recordar el día en que, cuando expuso la teoría de la relatividad, Einstein exclamó en voz alta: «Si Dios no existiera, habría que inventarlo».

Desde la Misión debemos ocuparnos también de las enfermedades del alma. Como médico he visto a hombres y mujeres desquiciados por toda terapia librarse de las enfermedades y de la melancolía por el sincero esfuerzo de la Oración. Según mis cálculos, alrededor de un 30% de los pacientes no se curan porque están impregnados por el «Mal». Es su alma la que está enferma ya que, como dijera Cicerón, «las enfermedades del alma son más perniciosas que las del cuerpo».

En definitiva, hemos de esforzarnos por dar lo mejor de nosotros mismos. Con esfuerzo no hay límite y, según san Mateo, «es lícito aprender hasta del enemigo». Con esta sólida base espiritual, iniciamos el camino hacia el Padre, Marco como embajador y yo como fundador de la Misión. Ponemos nuestros valores al servicio de los más necesitados, sin olvidar las palabras de Kant: «El cielo le ha dado tres cosas al hombre como contrapeso a tantas penas: la esperanza, el sueño y la risa».

Dr. Manuel de la Peña MD, PhD